A la creación de áreas protegidas acompaña una visión de desarrollo local: producción de naturaleza como recurso comercial a través del turismo. Este tipo de producción apunta a aumentar la salud de los ecosistemas y la presencia de vida silvestre en un área para que resulten en un atractivo turístico.


Iberá, como todo sistema sometido a intervención antrópica, ha experimentado impactos negativos y no escapó a lo que conocemos como “extinciones locales de especies”. En la segunda mitad del siglo XX (o incluso antes) varias especies desaparecieron de la región, entre ellas se incluyen el yaguareté (Panthera onca), el lobo gargantilla (Pteronura brasiliensis), el oso hormiguero gigante (Myrmecophaga tridactyla), el pecarí de collar (Pecari tajacu), el tapir (Tapirus terrestris), el guacamayo rojo (Ara chloropterus) y el muitú (Crax fasciolata). 


Así, con al menos ocho especies localmente extintas y una economía basada en producciones tradicionales (ganadería, forestación y agricultura), la conservación en Iberá se enfrentó a un desafío extra: traer de vuelta todas las especies que el hombre erradicó. 


Organismos gubernamentales provinciales y nacionales, fundaciones, ONGs, investigadores, centros de rescate de fauna, zoológicos y ciudadanos, trabajan activamente y desde hace más de 30 años, para el restablecimiento del equilibrio ecológico en los ecosistemas de región. Estos actores llevan adelante un proyecto que se ha convertido en el “Programa de Restauración de Fauna” más ambicioso del continente americano. Ahora mismo la Reserva Iberá se presenta como una de las mejores historias de restauración ecológica de la región.